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Septiembre y octubre: Atender el dolor crónico también es prevención del suicidio

Foto del escritor: Joselyn Silva
Joselyn Silva
hace 20 horas
23 min de lectura
Créditos: Saturninsta en Facebook
Créditos: Saturninsta en Facebook


Hey. Aquí Jos y Zacarías. Él está medio modorro —con sueño, pues—, así que hablo en su lugar. Como pueden intuir por el título de esta entrada, ésta no será tan «fácil» o «digerible» como otras de este su blog de confianza. No hay problema si deciden leerlo después o nunca. No es un tema sencillo, aunque creo que todxs deberíamos hablarlo; quizás así se quitarían los tabúes alrededor de él. Eso sí, es bastante extenso. Advertidos están.


TRIGGER WARNING/ ALERTA DE CONTENIDO SENSIBLE


En esta entrada se habla de suicidio, autolesión, trastornos psiquiátricos y muerte.


Originalmente esta entrada iba a salir a mediados de septiembre, pues se conmemora el mes de la Prevención del Suicidio; sobre todo el 10 de dicho mes. Por crisis de dolor —sí, irónicamente— y fatiga no pude concluirla, mas hela aquí. Y sirve que se junta con octubre, que conmemora el día 17 el Día Mundial del/ contra el Dolor. A lo largo de esta entrada comprenderán por qué junto estos dos temas: el suicidio y el dolor, crónico en su mayoría. Adelante, pasen, lean; están en su blog de confianza.


Septiembre, como ya mencioné, es el mes que conmemora la Prevención del Suicidio. Por todas las redes sociales y medios informativos hay publicaciones del tipo «no estás solo», «cuentas conmigo», «llámame si me necesitas», «prefiero que me llames a recibir esa llamada; algunas peores: «no tomes una decisión permanente por un problema temporal», «no estás deprimido, estás distraído», «ocupa tu mente para dejar de pensar tonterías»; y sí, aún peores: «los suicidas sólo quieren llamar la atención», «si te quieres matar, mátate y ya, sin tanto escándalo», «quien quiere hacerlo lo hace y ya, no lo anda anunciando», «eres un cobarde», «es la salida fácil para los mediocres». Y podría seguir la lista, cada vez peor y peor.


En este blog hay dos entradas en las que hablo del suicidio, que pueden leer dando click aquí y aquí. En ellas me abrí por primera vez de manera general y a un público más extenso; es decir, a familia, amixes, colegas y gente random. Y digo «me abrí» porque antes de esas publicaciones realmente pocas personas sabían el nivel de depresión y ansiedad que tenía y mis repetidos intentos de suicidio. Porque sí, soy una sobreviviente de varios intentos de matarme. No diré que gané la batalla, porque las ideas de muerte y autolesión cada tanto revolotean cerca; son un recordatorio amargo, lo mismo que mis cicatrices y las palabras duras de mis diarios. Sin embargo, fallé. Fallé a los doce años y fallé a los treinta, que fue el último; entre ellos hubo otros tantos, algunos más graves que otros. Fallé y es por eso que estoy aquí, escribiendo esta entrada con Zacarías por un lado, un Electrolit y una barrita de amaranto por el otro, y el concentrador de oxígeno junto a la cama.


Para mí hablar de suicidio y autolesión aún es complicado y lo cierto es que no tengo muchos receptores acerca de estos particulares. Supongo que a nadie le gusta hablar de la posibilidad de que alguien amado muera y por su mano; a nadie le gusta imaginar ese escenario. Eso sólo vuelve más complicado el «abrirse». Mucha gente publica o repostea frases o imágenes como los que les decía: «llámame cuando lo necesites, sin importar hora ni día». Adivinen qué: una cosa es publicarlo como se publica cualquier meme de gatos y otra, muy diferente, es en efecto contestar esa llamada y estar preparado para afrontar una crisis física, mental, emocional, espiritual o del tipo que sea. Porque esa llamada no es para saludarte un martes por la tarde; esa llamada implica un dolor tan profundo que buscas una mano amiga, una voz que te consuele.


Esa llamada puede ser un salvavidas o un ancla.


No lo digo nada más porque sí. Yo he estado en esa posición. Yo he hecho esa llamada. Puedo contar con los dedos de una mano —y me sobran dedos— a la gente que atendió dicho llamado; y son aún menos los que me aguantaron la crisis y me acompañaron hasta una resolución tranquila y a salvo. Si acaso fueron tres personas quienes estuvieron al cien en mi peor época. Hoy puedo decir que el número varía, pero se mantiene entre tres y cinco, no más.


Es así que me gustaría decirte algo: si vas a publicar o repostear contenido del tipo ya señalado, hazlo de verdad y con el corazón. Te repito: el contestar o no, el cómo manejes esa llamada puede salvar o terminar de matar a alguien. Por eso es tan importante tener siempre a la mano los datos de un/a/x profesional de la salud mental: psicólogx o psiquiatra. No se trata de acudir a ellos sólo hasta que la bomba explote, sino desde antes para ir atendiendo los pensamientos intrusivos y las ideas de muerte. Aunque claro, una crisis puede llegar de la nada; por eso hay que estar preparados.


Regresando el centro al título de esta entrada, quiero contarte algo más.


Si me conoces de algunos años para acá, si me has leído, si sigues mis redes, sabes que tengo varias enfermedades autoinmunes y otras afecciones. Llevo casi once años enferma; al menos de corrido (fui una niña muy enfermiza, eso lo cuento después). Casi once años de vivir con dolor. ¿Puedes imaginártelo? ¿Entra en tu cabeza el que alguien viva once años con dolor día y noche, sin descanso? Quizá, como otra gente con quien he charlado, piensas en los pacientes «modelo» del dolor: alguien con cáncer terminal, un amputado, o un accidentado grave.


Yo no estoy en ninguno de esos grupos. Mi sistema inmunológico tiene un error, digamos, de «programación»: en vez de atacar solamente a los virus, bacterias, hongos y parásitos, ataca a mi propio cuerpo en todos sus sistemas, órganos, tejidos y hasta células. Varias de las enfermedades que tengo son sistémicas; es decir, que atacan a tejidos, órganos, sistemas enteros —como el sistema nervioso— y casi el cuerpo en su totalidad; mientras que otras son más localizadas: atacan sólo a un órgano —como el páncreas o el intestino—. A eso se le suman afecciones que complican todo, alergias a muchísimos medicamentos —lo cual limita las posibilidades de tratamiento—, reacciones exageradas a cosas súper random, y una lista interminable de más síntomas y malestares. Mira, te pongo una lista de mis enfermedades (espero no haber olvidado ninguna) para que sea más legible:


  • Tiroiditis de Hashimoto + Hipotiroidismo

  • Gastroparesia

  • Espondiloartropatía Axial y Periférica no Radiográfica

  • Pancreatitis Autoinmune/ Idiopática

  • Hepatitis Autoinmune (en remisión)

  • Disautonomía

  • Encefalomielitis Miálgica (mal llamada «Síndrome de Fatiga Crónica»)

  • Fibromialgia

  • Dolor Crónico

  • CUCI: Colitis Ulcerativa Crónica Idiopática (en probable remisión)

  • Artritis psoriásica

  • Neuromielitis óptica doble seronegativa


Es una lista considerable, ¿no crees? Es un pequeño resumen de lo que vivo y, aunque algunas de las enfermedades pueden entrar en remisión, todas son incurables, progresivas, degenerativas y crónicas. Todas vienen con un cúmulo de síntomas que no terminaría de enumerar: fatiga, niebla mental, hipersensibilidad visceral, vista borrosa, vista «en negro», migraña, náuseas, vómito, diarrea, estreñimiento, fotofobia, fonofobia, acúfenos, fosfenos, rigidez articular, inflamación, hipotensión, hipertensión, taquicardia, bradicardia, baja saturación de oxígeno, resistencia a la insulina, caída de cabello, descamación, úlceras... Sí, ya sé que hay varios que se contradicen, pero meh, así es mi cuerpo. Como le decía a mi reumatóloga la última vez: a mi cuerpo le gusta hacer berrinches, como cualquier toddler (infante).


Sin embargo, hoy quiero que te enfoques en uno solo de los apartados: dolor crónico. Y es aquí donde se pone sabroso.


Desde el 2019 la OMS catalogó al dolor crónico como una enfermedad en sí misma; es decir, no es algo asociado a una enfermedad específica, sino que por sí solo reúne los criterios para ser llamado «enfermedad». No quiero meterme mucho en cuanto a la clasificación y los códigos y demás; eso dejémoslo para después. La verdad, desde mi perspectiva, fue un acierto enooooooorme. De hecho, como te decía al principio, el próximo 17 de octubre se conmemora el Día Mundial del/ contra el Dolor. Sin quererlo y debido a las crisis que retrasaron todo, se juntaron los dos objetivos del texto: el suicidio y el ya multimencionado dolor. Y es que éste siempre está, aunque todo lo demás esté controlado o en remisión o siquiera tranquilo.


El dolor siempre está.


Espero que empieces a hilar las varias ideas de esta entrada. ¿Por qué hablo de suicidio primero, de mis enfermedades después y ahora de dolor? ¿Tú por qué te imaginas? Date unos segundos de reflexión antes de seguir leyendo —bueno, si quieres—.


Hay una canción de Tin Tan que me gusta y me causa gracia: «La nuez». En ella dice lo siguiente: «La cruz no pesa, pero cómo calan los filos». Dirás, ¿y eso qué tiene que ver con todo este embrollo? Que para mí, y para muchas personas que vivimos con dolor crónico, la «cruz» —clara referencia judeocristiana sobre el sufrimiento— es justamente eso: el dolor. Nuestra cruz del día a día, de día y noche, de veinticuatro siete... es el maldito dolor que nunca se va. Sin embargo, «la cruz no pesa»: el dolor en sí mismo pudiera ser «aguantable», «soportable», una pudiera vivir con él como un gremlin o un minion mordiéndonos la pierna cada tanto y resignarse a que de manera ocasional dolerá... «... pero cómo calan los filos»: lo verdaderamente maldito, gacho, crudo y odiable del dolor crónico es, justo, que es crónico.


Los filos de la cruz del dolor son la temporalidad y la intensidad.


Lo que, valga la redundancia, duele del dolor son esos dos factores: que es prácticamente permanente y que su intensidad siempre es mayor a una que nos permitiera hacer nuestra vida más tranquilamente. Si usamos la escala más común del dolor, esa intensidad suele estar por encima de 6/10. Duro, ¿eh? Y más duro es que, con el tiempo, ese 6/10 se vuelve «normal»; es tan parte de nuestra vida que ya asumimos su permanencia y es eso: normal, cuando en realidad ningún dolor debería serlo.


Nadie debería tener que resignarse a vivir siempre,

eternamente, en todas las condiciones, con dolor.


Quiero que recuerdes el dolor físico más fuerte que hayas tenido en toda tu vida. ¿Qué sentías? ¿Qué deseabas? Ahora imagina que ese dolor se queda todo el día, todos los días de tu vida en los próximos años. Sin descanso. No importa si te vas de vacaciones, si sales con tu pareja, si vas al cine, si tienes mucho trabajo, si vas a un spa, si tienes insomnio, si tu gatito se acurruca por un lado... Al dolor no le importa tu vida. En sí, es una cosa, no tiene mente propia; es tu cuerpo el que genera las sensaciones y percepciones dolorosas a través de los nociceptores y todo tu sistema nervioso, pero a veces pareciera que el muy cabrón lo hace a propósito.


Si me acuesto, duele. Si me siento, duele. Si me muevo, duele. Si me quedo inmóvil, duele. Si leo, duele. Si escribo, duele. Si cargo a Zacarías, duele. Si me hago bolita en la cama, duele. ¡Absolutamente toda acción e inacción me produce dolor! Claro, es variable, pero siempre de los siempre está. Tengo mis ratos de valentía —Modo Power Ranger activado—, sí, pero otras me dejo caer porque no puedo más con tanto dolor por todos lados —se activa el Team/Modo Bolita, un recurso de mi hermanita I. y mío—.

(Y ése es sólo el físico, que hay otros dolores que me matan, creo, aún más, como la ausencia de Mamá Mina).


En los últimos intentos de suicidio que viví, el dolor crónico tuvo su buena participación y culpa. Yo me sentía harta, cansada, estaba hasta la madre de vivir con dolor y de que nadie pudiera hacer nada. Salvo mi madre, mi hermanita G. y mi psiquiatra M., nadie me escuchaba; nadie entendía por lo que estaba pasando y, por ende, nadie actuaba. Todo lo que me daban eran simples mejorales, una cosa de nada para un dolor en lo más alto de la escala. Si te soy honesta, en cada maldita crisis de dolor en su apogeo quería azotarme contra las paredes, quería tirarme por la ventana, quería que alguien me matara.


Más de una vez mis médicos —antes de llegar con mi algólogo— me dijeron «ya no sé qué darte» o «ya no sé qué hacer contigo». Fue hasta que conocí al Dr. José Pedro Martínez Zúñiga, en 2019, que vi una pequeña ventana de esperanza. Todavía recuerdo que el doctor nos dijo «se tardaron en venir conmigo». Y es que realmente pocos sabemos que existe una especialidad en medicina que trata el dolor. ¡Por eso necesitamos hacer más difusión!


Al recordar el agujero tan oscuro donde me encontraba por culpa del dolor —no sólo físico, pero ése era el peor— me estremezco; verdaderamente estaba sufriendo mucho y ya no sabía cómo comunicarlo. Porque ésa es otra: el dolor nos quita también la capacidad de relacionarnos, comunicarnos, expresarnos. A veces es tan intenso y tan envolvente que te quedas inmóvil, sin poder hablar, sólo llorando y esperando una de dos: o que la crisis acabe... o que todo acabe. Sí, me refiero al suicidio, sea unipersonal o asistido.


Las personas que nos autolesionamos o que intentamos suicidarnos

no queremos morir en sí,

QUEREMOS DEJAR DE SUFRIR.


Lo pongo en negritas para que te/les quede bien claro. Porque hay una gran diferencia entre buscar la muerte y buscar un alivio, una pausa, una bocanada de aire; lamentablemente al estar con tanto dolor, los dos grupos se confunden y es ahí cuando se produce una autolesión o un intento de suicidio. Y es que... no te mentiré, las autolesiones, del tipo que sean, brindan un alivio falso, un relief, como la primera calada al cigarro que te relaja. Claro, no es lo mejor y al contrario, es peor, mas ¿qué hacen un cuerpo, un alma tan desgastados por el dolor?


No quiero ahondar en los tipos de autolesión ni en mis heridas, pero sí en decir lo siguiente: las personas que cometemos autolesión no lo hacemos ni para «llamar la atención» ni como algo «recreativo» o meramente «psicótico». Lo intentamos o lo hacemos para sentir un poquito de alivio, como un distractor del dolor principal, e, irónicamente, para sentir algo. Recuerdo algunos de mis actos y fue lo que sentí: alivio. Fue un break en el dolor. Fue una pausa, una tregua. No discutiré la parte psicológica/ psiquiátrica ni las implicaciones de dichos actos; me atrevo a contarte un pedacito de mi vida para darte a entender lo grave que puede ser vivir con dolor crónico.


Te repito: lo que mata del dolor crónico es que es constante, zas, zas, zas; todo el día, todos los días. No hay descanso. No hay tregua. Una queda frita, vulnerable, temblorosa; el dolor te deja como una rata ciega tratando de salir de la trampa en la que se metió sin querer, una trampa que amenaza con matarla, pero que no la mata; todo en un acto de mera crueldad autoimpuesta. Es como dejarte con un hilacho de vida: no es suficiente para vivir «funcionalmente», pero tampoco lo es como para matarte de una vez por todas. Y es aquí cuando me hago la pregunta que redondea todo este texto:


¿Cuántas vidas habrá cobrado el dolor crónico?


Hoy puedo decir que, de no ser por mi mamá, mi psiquiatra y todo el equipo médico —sobre todo mis algólogos—, yo me encontraría en esa cifra. Honestamente no quiero ni investigarlo; es demasiado para mi alma aún aterrada por el dolor. Y es que ése es otro factor del méndigo dolor crónico: te da miedo tener una crisis en cualquier momento. Sin ánimo a victimizarme, te lo comparto: le tengo pavor a la noche y por una razón no tan irracional: temo que el dolor ataque, temo una crisis, temo acabar en Urgencias de madrugada, temo tener que hablarle a alguno de mis dos algólogos porque el dolor me superó.


¡LE TENGO MIEDO AL MALDITO DOLOR...!


Escribo esto llorando y no, no es para generar lástima ni para que me abracen o apapachen. Imagínate eso, por favor: un dolor tan, pero tan cabrón, que te aterre hasta la médula; un dolor que te quite el sueño, un dolor que te orille a una autolesión o a un intento de suicidio. ¿Ves cómo todo se va hilando?


Retomo entonces el título de esta entrada: atender el dolor crónico es también prevención del suicidio. Y la atención empieza por dos cosas fundamentales, que mis dos algólogos hacen muy bien:


ESCUCHAR

y

CREERLE AL PACIENTE


Antes de los doctores Pedro Martínez y Roberto Reyna (mi otro algólogo, del IMSS) fui con muchos médicos estúpidos, ignorantes y sin un gramo de empatía. Platicando con el Dr. Pedro, me explicaba que en la carrera de medicina el tratamiento del dolor se ve por encima, apenas. Lo último que supe, de médicos más jóvenes, es que ya hay más conocimiento y apertura sobre el tema, aunque desgraciadamente mucho personal de salud sigue creyendo que el dolor es «normal», sobre todo cuando hay enfermedades como el cáncer —o las mías, cof cof—. ¡Pero no saben tratarlo!


Mi dolor físico llega fácil a un 10/10 así, de la nada. Tengo que usar inyecciones de buprenorfina y tabletas de oxicodona para mantenerlo a raya. Las dos son opioides y no de los ligeritos. Cuando salgo, generalmente a alguna consulta, tengo que llevarme mi «kit de emergencia» con una ampolleta de buprenorfina, la jeringa, toallitas alcoholadas y una cinta transpore. Yup, adivinaste, por si tengo alguna crisis. Y si te digo crisis, es crisis en serio; no es nada más que me duela poquito. He terminado llorando en los baños públicos porque no sólo es el dolor, es la incomodidad y hasta la vergüenza de tener que inyectarme a escondidas. Lo peor es que, a veces, el dolor es tan, pero tan intenso que la buprenorfina ayuda poquitito y luego nada. ¡Y aun con ello ha habido personas que me dicen que no son necesarios los opioides y que mejor me tome un «paracetamol» o un «ibuprofeno»! Claro, un Tempra va a quitar lo que no pudo la buprenorfina. Ajá. Debido a ello incluso me han llamado «drogadicta». Me dicen que siento tantito dolor y luego luego quiero mi dosis, que mi umbral es «demasiado bajo» (no lo es), que debería intentar con «meditación» o «mindfullness», que me aguante y ya...


Si bien hay personas que tratan de sacar ventaja del servicio de algología y de los opioides en general, son los menos a comparación de los que realmente vivimos con dolor. Yo ya llegué al punto en que mi diagnóstico —particular e institucional— es


«DOLOR CRÓNICO INTRATABLE»


No sé ya qué palabras usar para explicarte lo que siento. Viene después una entrada sobre el peso de los diagnósticos, pero ojalá tú que estás leyendo esto comprendas justo el peso de ese «intratable». Siento que me pusieron una losa de cemento de muchas toneladas encima, siento que no puedo respirar, me siento inútil y expuesta; vuelven los miedos que te contaba. ¿Qué se hace para paliar un dolor «intratable»? ¿Cómo se actúa ante ello? ¿Habrá esperanza o es una condena de vivir siempre así y depender de X medicamentos y consultas con algología? No te miento: mis brazos y otras zonas de mi cuerpo ya están demasiado lastimadas. Y es que el Dr. Pedro me decía algo muy acertado: cada inyección es un riesgo, sobre todo de infecciones.


Con todo y todo sigue habiendo gente que no me cree, que cree que exagero, que dictaminan mi dolor como si fuera una cortada con una hoja de papel o un arañazo de Zacarías.


MI DOLOR ES REAL Y MERECE ATENCIÓN



El Dr. Roberto, después de la hospitalización de mayo en el CMN «La Raza» precisamente por una crisis de dolor, puso en su informe que me extendía las recetas para la oxicodona


«POR HUMANIDAD»


Pese al peso de las palabras en dichos informes y hojas de consulta, le agradezco enormemente a los dos, el Dr. Pedro Martínez y el Dr. Roberto Reyna, que me crean, me escuchen y que busquen opciones para darme calidad de vida. Nadie merece sufrir por dolor. Sé que soy un caso muy complejo, pero ninguno de los dos ha tirado la toalla. Confío en que en algún momento podremos cambiar lo que duele.


Ahora bien, porque debo decirlo, he tenido una mejora considerable después de la hospitalización de junio-julio. Fue algo similar a la hospitalización de abril-mayo de 2025: tenía síntomas gastrointestinales (diarrea, náuseas, vómito...) y creíamos que era algo infeccioso, mas el neurólogo —el Dr. Enver Pérez Mota— vio algo que no le cuadro. Y sorpresa, tenía otra vez una inflamación en el cerebro que estaba causando la parte de gastro. El caso es que probaron primero con pulsos de metilprednisolona, que no dieron resultado, y fue entonces cuando todo el equipo médico, guiados por el Dr. Enver principalmente, decidió que debían hacerme CINCO SESIONES DE PLASMAFÉRESIS. Por algunas cuestiones que luego contaré, al final fueron SIETE. Después les cuento todo el proceso, pero fue una reverenda friega para mi cuerpecito.


A partir de dichas sesiones de recambio plasmático, algunos síntomas han cambiado. Incluso el dolor había mejorado y pude dejar algunos medicamentos, pero, y es un gran pero, el dolor persiste, está ahí, al acecho. Y sé que nunca se irá. Tanto el Dr. Pedro como el Dr. Roberto han intentado de todo: rotación de opioides, bloqueos nerviosos, infiltraciones, ablaciones por radiofrecuencia, estimulación transcraneal de corriente directa, terapias intravenosas...


Lo cierto es que todos los médicos (neurólogos, reumatóloga, psiquiatra, algólogos, endocrinólogo, gastroenterólogos, nutrióloga...) trabajaron en equipo y toman decisiones en grupo, ya no cada quien por su lado. Eso ha permitido un mejor control. Sin embargo, aún no canto victoria.


Les decía que las primeras claves para atender el dolor crónico son escuchar y creerle al paciente. Desafortunadamente, como decía el Dr. Pedro en una conferencia, no existe un «algómetro», un instrumento que pueda medir el dolor de manera completamente objetiva. Los algólogos siempre dependerán de que una les diga qué duele, con qué intensidad, con qué características. Entonces viene otra parte fundamental:


Que el paciente aprenda a describir el dolor que siente


¿Y quienes pueden ayudar a esa tarea? Los algólogos, claro. Y no basta con la escala de 1 - 10. Hay que darle adjetivos a ese dolor: punzante, pulsátil, vibrante ... Sirve mucho hacer comparaciones: es como si me clavaran mil agujas, es como una cuchillada, es como si me pegaran con un martillo en la cabeza, siento como si se me subieran decenas de hormigas, es como una descarga eléctrica ... Un bonus: hay que aprender a diferenciar qué duele, cómo duele, qué tanto duele y por cuánto tiempo duele.


Ya que se le escuchó y creyó al paciente, y una vez que éste describió con todo lujo cómo es su dolor, viene otra parte importante:


La adherencia al tratamiento y la esperanza en el mismo


Hago énfasis en que el dolor crónico lo debe ver un algólogo porque él es el experto en dolor y conoce las varias opciones que se pueden ofrecer. Ahora sí que «zapatero a tus zapatos». Si eres algólogo, ésta va para ti: explícale a tu paciente de la manera más simple posible la opción que tú crees que le va a ayudar mejor. No te pido que lo infantilices, sino que te ahorres los términos médicos incomprensibles, que le digas los pros y los contras, los efectos secundarios, las expectactivas que tienes. Ayúdale a tener esperanza y no en ti, sino en que con el tratamiento su cuerpo va a reaccionar y va a mejorar. Ofrécele esa ventana donde pueda descansar y respirar, dile que es cosa de tiempo, pero que algo puede hacerse para darle calidad de vida.


Y llegamos, con eso, a los dos puntos claves de la atención del dolor crónico. Ojo: no te pido que mientas. Si el caso de tu paciente, familiar, amigo, pareja, etc. es complejo y no puede hacerse mucho, también díselo. La incertidumbre y la falsa esperanza matan más. En esta vida, todo paciente con dolor crónico debe tener esto:


Calidad de vida

y

Calidad de muerte


Seguramente aquí dirás «oye, ¿pero qué no se busca que el paciente viva y se evite el suicidio?». Y sí, sería lo ideal. Lo que quiero transmitirte es que, con una debida atención al dolor crónico, pueden evitarse muchos suicidios y autolesiones porque hay una mejora; a lo mejor en vez de 10/10 es un 6/10 y ya es ganancia, ya te permite hacer otras cosas, te permite vivir, te permite ser tú. Escribo esto desde el dolor mismo. Por ratos quiero tirar la toalla porque lo que te decía es muy cierto: el dolor crónico agota, cansa, es extenuante, te deja a la orilla de la muerte, pero sin matarte. Sí, he tenido mejoras, sí, he dejado algunos medicamentos, sí, puedo hacer más actividades por mi cuenta... pero aun así el dolor está presente. Es un chingaquedito que no se va, un cabroncete cualquiera al que le gusta joder nada más porque sí. ¿Y sabes qué es lo más difícil de todo?


Que la gente no nos cree

porque el dolor crónico es, muchas veces, invisible


Así que ahí te va, si conoces a alguien que viva con dolor crónico, te doy algunos tips, sobre todo si eres su cuidador/a/x; pero también si eres su familiar o amigx:


  • Créele así nada más, sin cuestionamientos

  • Escúchale todo lo que necesite, cuando lo necesite, sin juicios ni sugerencias

  • Ayúdale a describir su dolor. Busquen juntos información al respecto

  • Busquen ayuda profesional con un algólogo

  • Pon atención a las crisis y pregúntale a tu persona si es que no estás presente: ¿cómo son? ¿qué síntomas se presentan? ¿cuánto duran?

  • Anoten TODO. A la mera hora todo se olvida en la consulta.

  • Lleven un resumen de esas notas a la consulta y explíquenle hasta el último punto al algólogo.

  • Pregunten absolutamente todas sus dudas sobre el tratamiento. Se vale aceptarlo o rechazarlo. Se puede negociar. Y también se vale cambiar de médico si tu persona no se siente bien, si no hace «click».

  • Ayúdale a adherirse al tratamiento y con eso le ayudarás a tener esperanza

  • Sigue escuchándole

  • Muéstrale, de a poco, que no todo es dolor y que él/ella/elle son más que dicho dolor. Recuérdale sus fortalezas. Recuérdale que es querido y amado por X gente.

  • Permítele hablar de su dolor todo lo que necesite, pero también hablen de otros temas. Háblale de ti, discutan alguna noticia, cuéntale una historia, pregúntale por su perro o gato.

  • Puedes usar el discurso de «eres un guerrero», pero que no sea tu bandera; por ratos cansa y agobia. Sólo recuérdale su fortaleza y busca las oportunidades para demostrárselo.

  • Tenle mucha paciencia. MUCHA.

  • Si hay mejoría, sigue de su lado, van por buen camino.

  • Pero... si no hay mejoría y ya no hay mucho qué hacer, respeta sus decisiones sobre el final de su vida. Nadie merece ahogarse en dolor.


Atender el dolor crónico puede evitar suicidios, sí. Tener la posibilidad de terminar nuestra vida sin dolor y bajo nuestras condiciones también los puede evitar. Por eso en este blog y mis redes en general apoyo la legalización de la eutanasia y, por tanto, la Ley Trasciende/ Ley Samara, de la cual hablaré en otra ocasión. No quiero meterme en temas de religión tipo «sólo Dios nos da la vida y nos la quita» porque es un debate que no llega a ningún lado. Mi decisión y apoyo a este particular son serios, conscientes y, quizás, algún día recurra a la eutanasia o el suicidio asistido. Porque sé que llegará ese día en que no aguantaré más. Repito: quiero calidad de vida y también de muerte.


En todo esto, te pido un favor especial. Si alguien —pareja, amixes, familiares...— te cuenta que se autolesionó o que intentó suicidarse, por favor, por favor, no grites, no insultes, no juzgues. Cuando confesamos un acto así, es porque te creemos una persona de confianza. Es normal que no sepas qué decir o cómo reaccionar. Y es mejor que pidas una pausa o que salgas a «tomar aire» antes de explotar. Te lo digo por experiencia: un insulto o un juicio, aunque no sean malintencionados, se quedan por siempre con nosotros y lo único que causa es que ya no te consideraremos para contarte lo que vivimos. Es como lo que te decía de la llamada salvavidas/ ancla; tu reacción ante una confesión así puede ser ese alivio tan esperado o puede hundirnos más. Es probable que creas que te pongo mucha responsabilidad a ti, pero por favor comprende: a veces no hablamos sólo nosotros, habla el dolor también. Es un acto desesperado y, como señalé en unos párrafos arriba, por eso se debe tener un profesional de salud mental a quien acudir. Sí, sé que es un privilegio, pero es un recurso valiosísimo e importantísimo.


Ya para ir cerrando, sólo quisiera decirte algo

a ti, que estás pensando en autolesionarte o quitarte la vida

porque no aguantas más el dolor:


Quisiera poder abrazarte.

Sólo eso.

Abrazarte, escucharte, llorar juntxs.


El dolor es un maldito cabrón, pero créeme, puede haber esperanza. Puede haber una vida donde el dolor ya no sea el protagonista. Lo que sientes es válido; está bien pasar por toda la montaña rusa de furia, temor, impotencia, coraje, tristeza, frustración, ira, angustia, ansiedad, miedo... Entiendo que quieras terminar con todo, pero por favor ubica que es distinto acabar con absolutamente todo a acabar con el dolor.


Son parecidos, pero no son iguales.

Espera sólo un poco. Ve un día a la vez. No es necesario que pienses en todos los días que siguen; sólo ve por mañana, luego otro mañana. Puede que sean días malos, sí, pero también pueden ser días no tan malos.


Hay opciones. Te dejo aquí abajito las páginas de mis dos algólogos, pero no son los únicos. En todo México y en el extranjero hay cientos de especialistas que pueden darte opciones de tratamiento. Acércate a una clínica de dolor. Y si en algo puedo orientarte sobre cómo hacer tu ficha, o cómo describir tu dolor, por ejemplo, escríbeme por aquí o en alguna de mis redes, que dejaré al final de este texto.


Se puede tener una vida donde el dolor no gobierne.


El Dr. Pedro tiene por lema «Vivir sin dolor es tu derecho» y sabes, es muy cierto. Sé que en muchas circunstancias no es al cien por ciento posible —como es mi caso—, pero se puede lograr lo que te menciono: una vida donde el dolor no tenga el timón del barco, una vida que puedas vivir sin importar el estúpido dolor, una vida que tú decidas cómo vivirla.


Y te sugiero una sola cosa más: aférrate a algo.


Así sea lo más chiquito, lo más mínimo. No quiero que suene a frase barata, pero te aseguro que el sostenerte de algo hace que puedas un día más. Insisto, sólo un día a la vez. Puede ser lo que quieras: Dios, un familiar, un amigo, tu perro, tu gato, tu empleo, un viaje, tomar tu café favorito, ir a un concierto... En verdad, lo que sea.


Yo te comparto los míos. Pese a que me ahogo en dolor, hay tres cosas principales de donde me sostengo para vivir un día a la vez.


La primera es mi madre. Le prometí estar con ella, cuidarla, mimarla; le prometí que trataría de aguantar hasta lograr la tan ansiada remisión o estabilidad; no me siento capaz de romperle el corazón otra vez. Si bien pienso en el resto de mi familia, mamá es el eje que nos une y quien está en el día a día conmigo, es mi confidente, no me juzga, no me insulta; en cierta forma el «aguantar» e ir un día a la vez, un día a la vez... es la manera que tengo de decirle cuánto la quiero. Me aferro al amor que le tengo y al que sé que tiene por mí. Me aferro a sus historias, a su fortaleza, a la calidez de sus abrazos.


Cuando estoy con ella el miedo se hace menos.


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El segundo es el coautor de este texto: mi maravilloso Zacarías Lamotrigino Pancracio Timoteo aka «El Bicho Tori Tori». Cada vez que los pensamientos intrusivos quieren ganar, veo la pantalla de mi celular y lo veo ahí, con sus ojitos preciosos, con su porte tan singular... y entonces recuerdo sus maullidos desesperados en mi último intento de suicidio; recuerdo sus patitas tratando de mantenerme en este plano. Y sabes, hasta la fecha sigo creyendo que sobreviví únicamente porque Zacarías me dio una de sus vidas. Debí haber muerto, pero no fue así y se lo debo a él; también le prometí que aguantaría, que estaría a su lado hasta el día de su muerte. Mientras de mí dependa, Zacarías no será «Un gato en un piso vacío», como el poema de mi súper favorita Wislawa Szymborska, que pueden leer aquí. Les dejo unas fotitos de mi compañerito bebé. Siempre está conmigo, en buenas, malas y peores. Ayñ. lo amo tanto <3



Y finalmente, la promesa de David Yost, el actor que interpretó a Billy Cranston, mi Blue Power Ranger favorito. Como he contado en otras entradas, le escribí una serie de cartas contándole del dolor, de los intentos de suicidio, del hartazgo. David es también un sobreviviente de intentos suicidas y pensamientos intrusivos, así que sabía perfecto cómo me sentía. Además de un video dedicándome palabras lindas y de motivación —sin caer en el echaleganismo—, me pidió un solo favor: «I want you alive»: «Yo te quiero viva». Esas cuatro palabras las mantengo en mi pecho cada vez que mi mente me juega sucio. Si bien no es una relación particularmente estrecha, David y yo hemos tenido varias conversaciones y me recuerda lo valiente y fuerte que soy y que sigo siendo una Power Ranger.



Espero que este texto te haya sacudido. Es extenso, sí, y todavía falta mucho por decir. Las personas que vivimos con dolor crónico merecemos calidad de vida, calidad de muerte y, quizás, en un punto intermedio, la esperanza.


Como decía una frase que leí alguna vez en un consultorio (paráfrasis):


«Que los que llegan tengan confianza

Que los que están tengan esperanza

Que los que se van, lo hagan en paz»


Creo que es el objetivo. Y para ello debemos trabajar en equipo médicos, personal de enfermería, pacientes, familiares, amixes y público en general. Debemos hacer difusión sobre el dolor crónico, debemos contagiar la empatía, debemos buscar y compartir la esperanza. Creo que entre todxs podemos lograr que alguien, aunque sea uno a la vez, decida no suicidarse ni hacerse daño. Hay que quitar los estigmas alrededor de estos temas, hay que hablarlos entre familia, entre amixes, en la escuela, en el trabajo, en los hospitales y salas de Urgencias. Juntxs somos más fuertes.


Acerca de ello, te dejo una canción de Linkin Park que siempre me llena mi corazoncito. Chester Bennington, quien desafortunadamente cayó en el suicidio, pregunta en la canción: «¿A alguien le importa si se va una luz en un cielo con miles de estrellas?» Y viene la respuesta que damos como comunidad: «A mí».



Te aseguro que a alguien le importas.

Alguien quiere que nunca se apague tu luz.

Alguien está listo para cuidarte, abrazarte y apartarte de la oscuridad.

A mí me importas.

¡Brilla! ¡Brillemos!


Finalmente, te comparto mi enlace de LinkTree que reúne mis redes sociales, así como los enlaces del Dr. Pedro Martínez y del Dr. Roberto Reyna.



Si leíste todo hasta acá, muchísimas gracias. Espero que hayas sacado algo bueno de este esfuerzo de semanas, porque me tardé algunas semanas en concluirlo. Recuerda: siempre hay una luz, siempre hay una oportunidad. Ve un día a la vez.


En fin, gracias de nuevo. Te mando un abrazo que consuele y reconforte. Y ahora procedo a ir a mimir con Zacarías, porque ya se quejó de que la luz esté prendida con él mimiendo en «mi» cama, que en realidad es «su» cama (no se aceptan críticas al respecto; respeten la relación Jos - Bicho Tori Tori). Adiós.


—Jos

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