Cuento: "Abundante y doloroso"
- Joselyn Silva
- hace 3 días
- 13 Min. de lectura

Hey. Aquí su escritora autoinmune favorita (espero). En esta ocasión les traigo el cuento que leí en el X CIELL, Congreso Interuniversitario de Estudios Literarios y Lingüísticos, en noviembre de 2025. Lo subo apenas porque se cruzó la vida, pero aquí está.
Les agradezco el apoyo que han dado a este blog. ¡La entrada pasada, sobre mi Mamá Mina, superó las quinientas vistas! Quinientas cinco la última vez que lo revisé. Jamás creí que tuviera tanto impacto y más siendo algo tan personal, tan íntimo. Estoy muy contenta y seguramente Mamá Mina también. No hay día en que no la extrañe, mas sigo haciendo lo que ella me enseñó: contar historias. De ese modo ella sigue aquí conmigo.
Volviendo a la publicación de hoy, añadiré algunos comentarios después del texto; primero quiero que lo lean y, por supuesto, me dará gusto leer sus comentarios ya sea aquí o en mis redes: @josdarkdragon y Jos Silva - Escritora autoinmune. Es una versión corregida y aumentada de la que leí en el congreso; merecía algunos cambios. Y debo decir también que va dedicado a un gran amigo, quien también es escritor (¡léanlo! Tiene libros en Amazon aquí y aquí), editor y artista: Lucien García Salinas. Honestamente sí creo que es el mejor escritor mexa contemporáneo y que le esperan grandes cosas. Eso sí, es un autor duro de leer, pues abarca temas delicados, tabúes; esos de los que nadie quiere hablar, pero que están presentes siempre.
Sin más, aquí va el cuento. Disfrútenlo.
Abundante y doloroso
Para Lucien García Salinas,
el mejor escritor mexicano contemporáneo
Mi respuesta a la pregunta siempre es la misma: abundante y doloroso. No termino de entender por qué a médicos que conozco desde hace años tengo que repetirles la fórmula en cada visita. Alguna vez le pregunté a uno. «Es mero protocolo; puede que haya cambios con el tratamiento y hay que estar pendientes», me dijo. Meh. Preguntas más, preguntas menos, la respuesta sigue siendo la misma. Dependiendo de quién me acompañe lo digo de frente, mirando mis zapatos o en un susurro. Y es que sigue siendo un tabú. ¡Pleno siglo XXI y aún no podemos hablarlo cara a cara! O bueno, yo no puedo con ciertas personas. Todavía uso ciertos eufemismos al referirme a ello, sobre todo con hombres. (Sobra decir que aún hay muchos muy tarados que no entienden del tema; por eso mejor no enrolarse con ellos).
En el lado contrario, con las mujeres —y otras personas que menstrúan, porque vamos, no sólo las mujeres lo hacemos, hay que entenderlo— siento un coraje que varía de intensidad de acuerdo a sus discursos. Muchas tienen a la menstruación como el acto supremo de la divinidad, aquello que nos hace «realmente mujeres» (¿Wut?), aquello que nos une en una sororidad cuestionable, o como la conexión con la Madre Tierra. Puedo entender que algunas usen los residuos como abono para sus plantas, finalmente tiene minerales, pero no por ello deja de darme asco; aunque si soy honesta, me repugnan sus fotos embarrándose la sangre en la cara, endiosándola, sintiéndola el máximo elixir de las diosas. La razón es la misma que la respuesta que siempre doy: mi periodo es abundante y doloroso.
¿Qué gozo puede haber en algo que me tira durante días con dolores incapacitantes? ¿Qué placer puedo hallar en algo que mancha mi ropa, en mi necesidad de comprar nuevos bóxers, en la caja de paracetamol que mantengo en mi buró? Así podría seguir: la necesidad (y vergüenza, porque la hay) de usar «panties desechables» (otro eufemismo, para no decir pañal) porque mi sangrado es tan abundante que no hay toalla, tampón, copa ni nada que lo detenga; la molestia de tener que cancelar planes porque estoy tirada en la cama con una compresa caliente en el vientre, lo tedioso de tener que calentar agua para dicha compresa, las náuseas y pérdida de apetito a la par de mucha hambre, los mareos, la apatía y las ganas de hacer cosas, la voluntad para pararme a hacer ejercicio esperando que eso aminore los dolores, la dieta restringida porque algunos alimentos hacen que sea peor… Insisto, podría seguir y seguir.
Seguramente si alguna persona que menstrúa me escucha, me dirá que no es normal, que vaya con el médico, que puede ser un tumor, endometriosis, SOP, o cualquier cosa que atente contra mi salud. Guess what… Ya lo hice. No hay nada raro. Simplemente me tocó la mala suerte de vivir así. Y aunque lo hubiera, eso no desacredita mi dolor ni mis molestias. Aun si eligiera no hacer nada al respecto, ¡nadie tiene derecho a juzgarme! No se requiere ser un genio para tener tantita empatía. (¿O tal vez sí y por eso hay tan pocos? ¿De verdad requiere tanto esfuerzo no ser un hijo de puta?).
Probablemente esas personas me dirán que busque alternativas y me hablarán de aceites esenciales, bolsas de semillas, paquetes de gel caliente, de ejercicios de yoga o pilates. ¡Adivinen! Ya-lo-in-ten-té. ¡Ya lo intenté! ¡Ya! ¿De qué otra forma se los puedo decir? Sigue siendo abundante y doloroso y al parecer nada va a cambiarlo.
Así, pues, cuestiono desde esta perspectiva la sororidad de aquellas que incluso le hacen rituales a la menstruación como si fuera un regalo de las diosas. ¡Cuántas —Cuántos / Cuántxs— desearíamos nunca tenerla! Y sí, estamos conscientes de que eso implicaría no poder tener hijos propios, pero qué más da. A veces el dolor es tanto que se sacrificaría un futuro deseado con tal de tener un presente digno. Miren que no es sencillo enunciarlo, pero es cierto.
Todas esas personas que crean un discurso pro-menstruación no tienen a bien pensar en quienes sufrimos el periodo como mil puñaladas en la panza mes a mes. Y si a eso nos vamos, tampoco piensan en quienes no pueden tener acceso a artículos de higiene: personas sin hogar, encarceladas, en lugares remotos, sin recursos… Su discurso hace daño y no lo ven. Incluso se atreven a decir que no somos lo suficientemente mujeres, que somos adorapitos, ignorantes, volátiles; que debemos reconectar con nuestra feminidad. ¡Estoy harta de ellas y de mi periodo! Que sea mi voz una contestataria que diga lo asqueroso, doloroso, hartante y detestable que es la menstruación. ¡Basta ya de palabras lindas acerca de ella!
El doctor que me mira desde los pies de mi cama suspira, traga saliva. Yo respiro agitada, como si hubiera corrido un maratón. Le solté mil cosas que guardaba en mi ser, en mi corazón; aún me tiemblan los labios y estrujo las sábanas con mis dedos. Nada de lo dicho es mentira. ¡Y hay tanto más por decir! Podría hablar, por ejemplo, de las feministas radicales que usan la menstruación como arma contra las mujeres y hombres trans, y personas no binarias, o que denuncian el «borrado de mujeres» (sí, les hablo a ustedes, J.K. y las terfas del mar), lo cual es una completa estupidez. O qué hay de aquellas de quienes les contaba, que se llenan la cara de su sangre porque es buena para el cutis (¡guácala!). Peor aún: quienes la beben (sí, eso existe y no, no voy a dar detalles). Y qué decir de quienes repiten como robots que es la única sangre que no surge de la violencia. Sí, cómo no; díganselo a mi endometrio desgarrándose cada mes. Más falso no puede ser y soy la prueba. La violencia no siempre es hacia otras personas; a veces es de una misma para una misma, incluso si es sin quererlo. El mismo cuerpo se queja, ataca, muerde; como sucede con todas las enfermedades autoinmunes. Lo sé, lo he estudiado. Ah, porque ésa es otra: no saben lo que he leído e investigado para tratar de entender mi cuerpo (y de paso entenderme). Sí, adivinaron: sigue siendo abundante y doloroso.
El médico vuelve a suspirar. Lleva mi expediente en sus manos y tiene los ojos llorosos. ¿Ahora qué me dirá? ¿Hará la misma pregunta estúpida y me pedirá todos los detalles? Me preparo mentalmente para repetir los datos que llevo tatuados en el cuerpo, en las entrañas, para vomitar pulcritud aun cuando mis manos se llenan de coágulos y sangre oxidada, aun si me muero de vergüenza cuando alguien —a veces inocentemente, a veces no tan inocentes— me pregunta si son mis pompas o si es pañal. ¿Me dirá que es algo que le pasa a todas las mujeres y que debo apechugar, aguantarme, echarle ovarios? ¿Me dirá que me pasarán algún analgésico, pero que tengo que cambiar mi actitud y dejar de ser tan dramática? ¿Me llamará histérica? ¿Volverá a sugerir una laparoscopía «investigativa» o anticonceptivos hormonales que van a hacer todo mucho peor? ¿O acaso se irá al lado contrario y me dirá que me admira, que soy una «guerrera», que soy más fuerte de lo que creo, o alguna de esas estupideces?
Sigo mentalizándome para lo peor, esperando que se comporte como un imbécil. En cambio, algo pasa: se acerca, me toma la mano y le da un gentil apretón.
—Te creo.
Abro los ojos como platos y curvo mis dedos alrededor de los suyos. Él permanece inmóvil, una lágrima alcanza a deslizarse por su mejilla y por debajo de su cubrebocas; él la desvanece con su otra mano y me da la impresión de que está conteniendo un maremoto. Por primera vez, desde aquel infausto día de vacaciones de verano antes de entrar a la secundaria, me siento escuchada y una desconocida calma me invade, como la sangre que va ganando terreno empapando la ropa, las sábanas, la piel. Sus dos palabras resuenan en mi mente. Te creo. TE CREO. ¿Qué? A ver… ¿qué? ¿Me cree? ¿Así, sin dudar, sin cuestionarme? ¿Sin sugerir nuevos estudios, nuevos análisis? ¿Sin decirme que soy demasiado emocional y que es algo que le pasa a todas las mujeres? Busco en los archivos de mi memoria alguna estrategia para esto, completamente nuevo, mas no hay nada, ¡nada! Aprieto más sus dedos, cada vez más violáceos, como para convencerme de que es real. Una segunda lágrima cae de su ojo derecho y él la espanta, haciéndose el fuerte. Mi instinto me pide darle un abrazo; la razón intenta justificar que un médico tan nuevo, tan joven, por completo desconocido, no sea un tarado. Estoy tan ensimismada en él que no me percato de mi propio llanto. No hablamos por algunos minutos; es él quien rompe el silencio con una voz como un susurro que casi le cuesta la vida, como un fuego que calienta el hogar: «Te creo, Mar».
—Te creo —repite una tercera vez, más firme, ante mi incapacidad de decir o hacer algo. Yo no salgo de mi asombro y tampoco lo suelto—. Y concuerdo contigo.
—¿A qué se refiere? —le pregunto con voz temblorosa.
—A la menstruación. Es horrible. Mi periodo también es abundante y doloroso. Lo detesto profundamente.
Lo miro con cierta curiosidad e incredulidad. Sus ojos de almendra, su barba que se adivina cerrada y rojiza, el pelo corto y peinado para atrás con cera, sus dedos finos, sus pestañas de muñeca de porcelana, su traje quirúrgico azul cerúleo, su piel limpísima e hidratada, aunque no libre de ojeras. ¿Su periodo es abundante y doloros...? Oh.
Entonces me cae el veinte.
—Soy… —comienza a decirme con cierta pena.
—Entonces, ¿me crees? —lo interrumpo, ya con energía y entusiasmo.
—Sí, te creo. Para mí también es nefasto, pero sabes, lo que me ha ayudado…
Por primera vez presto toda mi atención a los consejos, porque vienen de una persona que me entiende, que sabe lo que es tener un periodo como el mío, que me comprende y me cree. Nos reímos de nuestros remedios caseros y me cuenta de la vez que se le manchó la bata y tuvo que hacer maroma y media para que los demás no se dieran cuenta. Correspondiendo, le cuento de la vez que manché la silla del comedor y mandé a mi hermana a ocultar la funda. Volvemos a reír. Se sienta en el sillón junto a mi cama, blande las manos en el aire, éste se llena de honestidad, crudeza, de una empatía que nos conecta como si fuéramos amigos de toda la vida.
En esta ocasión no es doloroso hablar de la menstruación. Charlar con él es hasta lindo. Cuando es hora de llenar el informe, me pregunta con voz burlona cómo es mi periodo; yo me echo a reír una vez más y lo reto a que adivine. Las carcajadas hacen entrar a mi médico de cabecera, el único ginecólogo —hasta antes de este nuevo doc— que me escuchó y me creyó; su sonrisa me dice que mandar a Álvaro, que así se llama, fue su plan para animarme en plena crisis por el dolor menstrual. Le agradezco sonriendo y levantando mi mano. Se va. Álvaro reinicia su tarea animándome, dándome tips, haciendo menos miserable la hospitalización.
Álvaro me hace sentir escuchada, comprendida; con él no tengo que usar eufemismos o ahorrarme detalles para evitar que me tachen de loca, exagerada o dramática. Se queda el tiempo suficiente para sacarme una sonrisa más permanente, sostenida, real. Da las indicaciones para que las enfermeras me cuiden, me ofrece seguirme atendiendo una vez que salga de aquí, me recomienda grupos de apoyo físicos y virtuales; sus cuidados son sinceros e integrales, contemplan no sólo un periodo abundante y doloroso, sino todo lo que ocasiona a nivel físico, mental, espiritual, social, económico...
La empatía de Álvaro contra la falsa sororidad de las adoradoras de la sangre. Sus bromas blancas para animarme contra las críticas insensibles llamándome traidora. Sus recomendaciones bien intencionadas contra la imposición de un solo modo de «ser mujer». Su escucha abierta contra la voz que calla y censura.
Creo que es obvio con quién me quedo.
Aquí Jos otra vez.
Sé que este cuento va a sacudir a varios. Sé que muchos me van a cuestionar, particularmente por el personaje de Álvaro. Honestamente no me importa. Si bien el relato es ficcional, tiene mucho de verdad y buena parte de autobiografía. Cuando lo leí en el CIELL recibí muy buenos comentarios. He de decir que por poco y no participo, pero el Comité Organizador se movió porque, en sus palabras, no podían dejarme fuera por el tema abordado. La verdad sentí bonito, como si la Jos de siempre empezara a regresar, como si la chispa literaria no se hubiera apagado y estuviera más encendida que nunca. Ya saben que me gusta entrarle a los congresos y tertulias para compartir mis textos y pulirlos antes de publicarlos, sea aquí o en otro medio.
Por otra parte, varixs compas del CIELL me contaban que viven algo parecido y que el discurso contra las feministas radicales promenstruación les aliviaba y tenía ecos en sus propias vidas. Y es que por más que algunas mujeres digan que la menstruación es casi sagrada, la conexión con la Madre Tierra o cualquier tontería, para muchxs es un suplicio, incluyéndome. Es algo que las guardianas de la «sangre no violenta» (ajá) no entienden. Si tuviera la oportunidad (por recursos, por condición de salud, por tiempo), recurriría a retirar el útero quirúrgicamente; de cualquier modo, no se va a usar. Y tal vez, en unos años, pueda hacerlo. Sé que varios podrán decir que es muy radical, pero ya quisiera verlos soportando mes a mes no sólo la incomodidad del sangrado, sino también dolores terribles, mareos, náuseas, vómito, pérdida de apetito, hambre, insomnio, fatiga, restricciones alimentarias, inflamación, diarrea, y un largo, largo etcétera. Como la protagonista (ojo, hay que separar al personaje de la escritora, aun cuando haya puntos en común), he ido a varios médicos y no hay nada que hacer; ni siquiera los tratamientos hormonales funcionan, de hecho me va peor con ellos (y se activa el estrés postraumático).
Sí, sé que poner algo así en este blog y en mis redes no es lo habitual en mí, pero creo que es necesario. Y es que cuando ha llegado a salir el tema en alguna publicación de redes, muchxs compas se posicionan como Mar y Álvaro: el periodo es horrible y es de lo peor que nos sucede mes con mes. Repito, no es sólo tener dolor y ya, es una completa incapacidad de hacer lo mínimo, de estar a gusto; es la continua preocupación por mancharnos o manchar nuestros asientos, la vergüenza cuando esto ocurre, el silencio tácito que lo acompaña. Incluso entre miembros de mi familia, cuando lo he llegado a sacar en alguna plática, hay incomodidad y de inmediato cambian el tema, para después decirme en privado que mi padre y mis hermanos no tienen por qué enterarse. Meh. Con papá llego a bromear diciéndole que él quería una hija con todo lo que eso conlleva, así que debe darme chocolate y dejarme hacerme bolita con calor local en el vientre. Las primeras veces él se ponía rojísimo; ahora ya no tanto, aunque tampoco se va al otro extremo de ir a comprarme mis productos de higiene o acompañarme al ginecólogo, por ejemplo (pero sí me da mi chocolate, yumm. ¡Gracias, papito!).
Hay muchas condiciones por las que el periodo puede ser abundante y doloroso. Quizá la causa más común es endometriosis, pero no siempre es así; puede ser Síndrome de Ovario Poliquístico (SOP), por ejemplo, o algún tema con miomas o tumores malignos. La verdad no se trata de profundizar en ello; no soy médica, pero ojalá este texto, en su conjunto, pueda servir para hablar sobre los periodos como el mío y el de otrxs amixes, tanto mujeres cis como hombres trans y personas no binarias.
Si vives con un periodo abundante y doloroso, te abrazo muy suavecito y te invito un chocolatito si un día nos vemos. Tampoco quiero caer en dar toda una lista de recomendaciones, pues cada cuerpo es distinto y ante la anormalidad del periodo abundante y doloroso, un médico especialista debe revisarte y asegurarse de que no sea nada grave; y si lo es, dar tratamiento.
Lo que sí puedo recomendarles son los parches térmicos de Saba (también hay otras marcas, pero éstos son los que yo uso). Son parches que se colocan con el pegamento hacia la ropa interior y, una vez retirada la película, liberan calor hasta por doce horas. La verdad es la mejor opción que he encontrado porque las otras compresas hay que estarlas calentando y no siempre se puede usar el cojín eléctrico. Los parches no se notan y así podemos salir, trabajar, estudiar con cierto alivio y menor dolor. Incluso los puedes llevar en tu bolsa o mochila y cambiarlos si es necesario. Honestamente no tengo la más mínima idea de cómo funcionan, (¿será magia oculta? Jejeje), pero lo hacen. Les dejo una foto para que los ubiquen; los venden en casi todas las farmacias y supermercados, así como en la página de Saba.

Antes de usarlos por favor lean el instructivo y ante cualquier duda, consulten a su médico o directamente a Saba. A mí me ayudan, pero cada cuerpo es distinto y no puedo garantizar que sea así con todos.
Recuerden visitar a su ginecólogo/a de confianza y dejemos la vergüenza de lado; díganle todo, así podrá ofrecer las mejores opciones de tratamiento. Saquemos el periodo abundante, doloroso e incapacitante de la cajita de eufemismos y pena en la que está encerrado.
Finalmente, comparto la constancia que me hizo llegar el Comité Organizador del X CIELL y unas fotos del programa y la tertulia. Les agradezco particularmente que, dado que no pude asistir de manera presencial por mi condición de salud y algunos problemas con el equipo de oxígeno, se tomaron la molestia de hacer toda una gestión de videollamada y transmisión con tal de que leyera mi cuento y fuera escuchada. Fue así que estuve presente en el CIELL compartiendo con lxs compas y conociendo a creadorxs muy talentosxs.
¡Larga vida al CIELL!



Por ahora es todo. Espero que hayan disfrutado su visita en esta su página. Vuelvan pronto, tomen agüita y cuídense. Pueden dejar aquí abajo sus comentarios, enviarme un mensaje con el formulario de Contacto o escribirme a mis redes sociales.
El Zacarías y yo les mandamos saludos y él, dos miaus.
Jos



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