De algunas noticias y recuerdos: ¡Nos vamos al CIELL!

Hola a todxs. Aquí Jos y Zacarías. Zacarías medio-medio, porque tiene hambre y por ratos se va a comer; pero yo aquí ando y muy, muy feliz.
Quienes me conocen saben que tengo dos congresos favoritos: el CIELL y Visiones de lo Fantástico. En ambos he participado y gracias a ellos he conocido a gente muy chingona —no sólo literariamente hablando— y cuya amistad ha sobrevivido todos estos años —¡ya casi diez!—, lo que me fascina.
Este año, en el onceavo aniversario del CIELL (Congreso Interuniversitario de Estudios Literarios y Lingüísticos), me animé a enviar una propuesta de Creación Literaria —también fue para lo que me dio el cuerpo, ja—. Me gustó mucho que fuera una revisión anónima por parte del Comité Organizador, pues ya varias personas de esta área nos conocemos y a veces pesa más la amistad que la calidad literaria.
Y pues... ¡aceptaron mi propuesta! ¡Yuju!
Mandé dos poemas. Del primero mandé un fragmento, pues la convocatoria limitaba las cuartillas permitidas. El segundo sí fue en su totalidad y creo —sé— que es el que más va a sacudir y provocar lágrimas, pues está dedicado a y habla de mi Mamá Mina, a ya casi el año de que partió al cielo eterno. Si les soy honesta, cuando lo estaba escribiendo, cuando lo revisé, cuando lo corregí y cuando lo envié... terminé llorando a mares. La verdad en mi corazoncito todavía no me cae el veinte de que físicamente ya no está mi Mamá; a veces creo que si voy a la casa donde habitaba la encontraré ahí viendo su novela, jugando con sus patitos, comiéndose un mango de la manera más deliciosa posible, rezando o dándonos su bendición. Digo, ésa nunca nos abandona, pero aun así la ausencia duele y escoce.
Les comparto la carta de aceptación y parte del correo en el cual me la enviaron, pues resaltan el entusiasmo y la calidad de mi propuesta. ¡Chequen, nomás!


En una entrada separada les compartiré ambos poemas enviados y seleccionados por el Comité Organizador del CIELL. Les puedo adelantar algo —no quiero que lloren, pero creo que igual van a llorar—: el segundo poema habla, como su nombre —«El día en que mi Mamá Mina no fue por mí a la escuela»— lo dice, de un día allá por el 2001 en que mi Mamá no pudo ir por mí al colegio, pues ocurrió un hecho nada agradable: falleció su madre, que era también mi Mamá Mago, y tuvo que irse de emergencia a San Juan Tumbio, Pátzcuaro, Michoacán, para el velorio y posterior entierro.
No es la primera vez que escribo sobre mi Mamá Mago. De hecho, mi carrera literaria empezó con un cuento en su honor: «El caballo blanco»; con el cual gané el VII Concurso Preuniversitario de Cuento Histórico de La Ibero. El primer lugar era merecedor de tres premios: una beca del 50% para estudiar una carrera de Humanidades en La Ibero CDMX, una televisión —que aún tengo, aunque nunca me gustó ver TV, upsis— y lo más importante: la publicación del cuento en Arqueología Mexicana. Para ser más exactos, «El caballo blanco», editado por la gente de la revista, se publicó en el número 102, de marzo-abril de 2010, ¡hace dieciséis años! (Luego les cuento más de ese número, porque tiene artículos y notas sobre personajes, tanto míticos como reales, que me encantan). He aquí las pruebas:



Ojo: «El caballo blanco» es un cuento, no una crónica o una investigación. Tiene muchas licencias poéticas/ creativas. La convocatoria de La Ibero pedía cuentos situados en el periodo histórico entre la Guerra de Independencia de México y la Revolución Mexicana (1810-1920). Para participar, tuve que mover a los personajes —mi familia— varios años atrás, de manera que estuvieran más cercanos a la Revolución Mexicana; digo, a Mamá Mago sí le tocó cuando era joven, pues nació en 1900, pero no de la manera en que lo cuento. Ahora sí que tomé las historias que me contaba mi Mamá Mina, las escribí a manera de cuento, ajusté los tiempos y espacios y tarán, salió el relato que ganó el concurso. Originalmente lo hice para ganarme un punto extra en Historia —aunque después la profesora lo bajó a cinco décimas nada más, meh; no era una persona muy grata, la verdad—, mas gané y fue el punto de partida profesional de mi carrera como escritora, pues varios —incluyéndome— se convencieron de que lo mío, lo mío, era escribir.
La ceremonia fue muy linda. Cuando llamaron de La Ibero a mi casa para decirle a mis padres que teníamos que ir a la universidad, yo ya ni recordaba haber participado en el concurso. No nos dijeron qué lugar había ganado, así que también el factor sorpresa estuvo bueno. Mis padres me preguntaron al respecto y cuando les dije de qué era el cuento, le dijeron a mi Mamá Mina. Ella, sin preguntarle a nadie si podía ir —así era siempre, mi vida—, se sumó al grupo y allá fuimos. Por parte del colegio, fue el Director de CCH, el Maestro René —profe, si llegas a leer esto, ¡saludos!.
Primero pasaron siete menciones honoríficas. Una a una mis padres y mi Mamá decían «ahora sí, es la siguiente»... pero no mencionaron mi nombre. Ellos no se la creían y yo tampoco. ¡Había quedado entre los tres primeros lugares! Entonces llegó el tercer lugar; ellos juraban que éra ése y yo también, la verdad, pues no visibilizaba haber ganado un segundo y menos un primero... pero no dijeron mi nombre. Vino el segundo lugar, la tensión estaba al tope, le pedí a mi padre que tomara unas fotos porque estaba segura de que me tocaba; ¿cómo iba a ganar yo un primer lugar de un concurso NACIONAL de una universidad privada muy prestigiosa y apoyada por la mejor y más grande revista de arqueología en México —que era de mis favoritas, debo añadir—? (Sí, mi autoestima no era la mejor y mucho era por todo el bullying que vivía y del que hablaré en otra entrada, pero eso luego, déjenme seguirles contando).
¡PERO NO DIJERON MI NOMBRE EN ESE SEGUNDO LUGAR!
Yo casi me desmayo. Mi padre aventó la cámara. Mi madre empezó a llorar. El director de mi colegio se tapó la boca de pura sorpresa y se puso pálido, pálido. Mi Mamá Mina estaba satisfecha y nomás se limpió una lagrimita con la punta de su chalina.
Entonces, cuando mencionaron el primer lugar, dijeron mi nombre. Yo me levanté temblorosa, bajé las escaleras, me acerqué al presidium, recibí la caja de mi televisión envuelta con papel de regalo y empecé a saludar a cada miembro del presidium. Recuerdo que sentía que el corazón me iba a explotar. Cuando llegué con la Directora del Departamento de Historia, la Doctora me abrazó y me pidió que dijera unas palabras. ¡A ninguno de los anteriores se lo había pedido! Como pude me acerqué al atril y hablé del cuento. Les dije que estaba basado en hechos reales, pues todos los personajes, incluido el caballito blanco, fueron reales, fueron mi familia y, lo más importante: era la historia de mi abuelita, ahí presente, y de su madre, mi bisabuelita. Tengo vagos recuerdos. Creo que mi Mamá se levantó e hizo un saludo general. Yo empecé a llorar y luego medio mundo empezó a llorar también. La Directora de Historia me invitó a estudiar con ellos y me llenó de halagos que hoy día calientan mi corazoncito cuando éste se envuelve en dolor frío, helado.
La cosa no terminó ahí. Mi Mamá Mina, cuando se publicó el cuento en Arqueología Mexicana, me pidió decenas (!) de ejemplares para repartirlos con sus hermanos y sobrinos. En verdad estaba muy mucho orgullosa de mí; ¡no paró de hablar del cuento en meses! Hubo reacciones de todo tipo: a unos les encantó, a algunos más les gustó y ya, sin rodeos; otros me criticaron duramente porque no entendieron que era un cuento y se quejaron hasta de lo más mínimo; otros más lloraron; unos otros me sugirieron cambios, algunos los exigieron a punta de gritos y así sucesivamente. Todavía hoy mucha gente de mi familia materna recuerda ese cuento. No les diré que es el mejor texto que haya escrito, pero tengo en cuenta el contexto en que se generó, sobre todo por dos detalles: yo no había tenido formación literaria como tal —sólo las clases de Español o Taller de Lectura de la secundaria y el CCH— ¡y tenía dieciséis años! Si bien tengo textos anteriores a «El caballo blanco», les repito, fue con él que inició mi carrera y algo importantísimo: me creí y me convencí de que podía ser escritora, pues muchas personas ajenas, que ni siquiera conocía, reconocieron que mi texto tenía valía literaria e histórica.
Ay, qué marea de historias me hicieron recordar. Tengo pendiente publicar aquí «El caballo blanco» con sus debidas correcciones. No quiero reescribirlo como tal, quiero que mantenga su esencia de una joven de dieciséis años sin formación literaria, pero sí hay varias cositas que merecen su hojalatería y pintura.
Y todo porque me aceptaron en el XI CIELL con dos poemas, uno de los cuales habla de mi Mamá Mina y de mi Mamá Mago. Ojalá al leer y releer el poema su esencia llegue hasta las estrellas, donde están las dos. Extraño muchísimo a mi Mamá Mina, sí, pero sé que escribir sobre ella y para ella es otra manera de mantenerla conmigo y de compartir con mis lectores/ lectoras/ lectorxs un poquito de lo que emana mi corazón de pollito desplumado.
¡Así que manténganse cerca! Iré publicando por acá y en mis redes todo acerca del XI CIELL, los dos poemas y otros tantos textos de antes y ahora; sí, incluyendo «El caballo blanco», con el cual «la recia señora se permitió una lágrima» (quien entendió, entendió; quienes no, esperen a leer el cuento ;) ).
Cierro esta entrada sintiéndome más tranquila y llena de recuerdos. Ojalá mi Mamita linda me escuche aquel día de noviembre en el próximo XI CIELL, en la bella Mérida, Yucatán, y pueda sentirla cuando vaya —de escapada— al mar de Puerto Progreso.
Mamá Mago, Mamá Mina, Mamá Mago-Chaparrita: las amo. Gracias por creer en mis letras desde siempre. Que sean una vía para llevarlas siempre conmigo. Que las historias y versos que salgan de mí puedan cruzar tiempo, espacio y universos; que sean siempre un reflejo de mi corazón, mi mente y mi espíritu. Y que noticias así sean el recordatorio sutil de que nací siendo poeta y moriré siéndolo.
Zacarías ya está dormidito y creo que, después de preparar la cena, lo imitaré. Con algo de suerte mi Mamá Mina estará esperándome. ¡Hasta la próxima!
—Jos



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