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  • Foto del escritorJoselyn Silva

Un poco de esto... Un poco de aquello

El proyecto de retomar el blog se vio interrumpido por varias cosas. La universidad me absorbió demasiado, tuve algunas recaídas y en general el ánimo no estaba para escribir. La pandemia afecta, cómo no, y es que ver a lxs que amo a través de una pantalla, a sabiendas de que algunxs no estaban bien, fue duro.


Hoy puedo decir que la familia está bien. Hay salud y con eso se pueden hacer muchas cosas. Lo demás va marchando poco a poco.


Pasé a otro cuatrimestre de la carrera y estoy más que encantada. El camino sigue. La meta está cada vez más cerca y, aunque el cuerpo flaquea, no me rajo. Quiero (y tengo que) acabar bien lo que empecé. A veces, eso, el cuerpo no coopera y todo se vuelve caos. Quedo hecha huevito durante varios días, sin la capacidad (y a veces la voluntad) de levantarme, cocinar, trabajar, jugar con el gato... Es sencillamente un switch off y ni con mis tachas (aclaro: es armodafinilo, totalmente legal XD) ni ningún remedio herbolario puedo volver a mi vida –relativamente– normal.


El ánimo ha ido mejorando por una razón principal: adopté a un gato. Es una panterita hermoso, cada vez más grande y gordo. Lo nombré Zack por algo muy ñoño: Zack Taylor –interpretado por Walter Jones– fue el primer Power Ranger negro, allá por 1993, con la temporada Mighty Morphin. Creo que a estas alturas ya todxs saben que soy fan, coleccionista y cosplayer de Power Rangers. Si bien no he visto de Samurai para acá, el amor persiste. Otro día contaré por qué, aprovechando que se acerca el primer aniversario de que conocí a David Yost, aka Billy, el primer –y mejor– Power Ranger azul y mi eterno crush.


Desde siempre quise tener un gato. Cuando el mundo colapsó, iba a ver a los gatos del Hospital Español; los acariciaba y les contaba cosas. Una de ellas me robó el corazón: una gatita blanca con gris, con los ojos azules; preciosa. La llamé Martina. Insistí para poder adoptarla, pero cuando casi lo conseguí, Martina ya no estaba. Quiero creer que la adoptaron y ahora es feliz. Flash forward, llegó Zack. Es un gatito rescatado. Sé poco sobre su pasado, salvo que casi se lo come un perro.


Aún tiene miedo. Se esconde y no me deja acariciarlo, pero con ello me ha enseñado mucho: a respetar su espacio y que hay muchas formas del amor. Quizá Zack no busque las caricias y ronronee, pero me cuida y me quiere a su modo. Cuando le da la gana se duerme conmigo muy cerquita, juega con mi mano y me da besitos, me deja su ratón junto a los zapatos como señal de que quiere jugar. ¡Ah! Y se enoja si uso el celular al estar acostados. La hora de dormir es sagrada, dice, apaga tu chunche y a la meme.


Creo que tiene mucho, en verdad mucho, que no pasaba *meses* sin caer en un episodio depresivo. Sí, hay días tristes, días en que me bajoneo y lloro, pero ya no es un pozo profundo del cual no puedo salir. Solo es un tropezón. Y sé que va a pasar.


Hubo un detonante de por qué retomé este espacio precisamente hoy:


Soñé con Pepín


No quería despertarme. Quería quedarme ahí con él, abrazarlo, decirle cuánto lo amo, comer delicioso y reírnos de cualquier ocurrencia. Quería seguir escuchando su voz y su risa; ver sus ojos que se iluminaban cuando estaba feliz, verlo como siempre fue: muy guapo, pulcro; siempre oliendo rico.


El proyecto que he elegido como camino de vida en parte tiene que ver con él. Cuántas veces platicamos de cómo nos sentíamos, de cómo estábamos hasta la madre de médicos, medicamentos, estudios...; de lo mucho que llegamos a odiar la verdura cocida y el caldo de pollo, de las ganas de comer garnachas, de las expectativas que teníamos. Un día de octubre su luz se apagó. Por fin pudo descansar. Eso me alivia. Puede que mi sentir sea un tanto egoísta, pero cada quien de la familia lo amó de forma distinta. Yo encuentro en este pesar un motivo fortísimo para levantarme y seguir; tengo que cumplir mi meta por mí, por él, por toda la gente que llegue a necesitar ayuda. No soy una superheroína ni una salvadora, pero si puedo ayudar a que alguien no pase por el infierno que viví y, creo, vivimos, lo haré.


Si hay algo más allá de esta vida terrenal, quiero creer que mi Pepín hermoso está bien y vive sin dolor, sin molestias. Quiero pensar que él ahora es luz, una luz que nunca se va a apagar. Tal vez en vida no fuimos tan cercanos en el día a día, porque la diferencia de edad era grande, pero el amor era innegable, y lo sigue siendo. Lo querré y lo amaré hasta el final de mis días, y después.


Hoy elevo una oración personal al cielo y retomo mi trabajo y mi promesa.

Un beso hasta donde esté(s).



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