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  • Foto del escritorJoselyn Silva

Pensamientos random I



Créditos: WIX


Hey. Aquí Jos. (El Zacarías no porque está dormido).


Viene una entrada extraña, pero creo que con más sentido que algunas otras.


Han sido días convulsos. Ha pasado de todo: fue mi cumpleaños, empecé unos talleres maravillosos, conocí gente fabulosa, hubo un eclipse, acabé en urgencias otra vez, mi sistema inmune sigue fallando, volví al gym, me internaron de nuevo, y una larga lista más.


Un borrador de esta entrada tenía un tono más melancólico. Y es que el corazón se apachurra por ratos y pesa, como si me estuviera ahogando (a veces es literal). Por ratos quieren ganar la tristeza, la impotencia, la frustración; por ratos las heridas y cicatrices vuelven a doler, me hunden los recuerdos nefastos, se activa el estrés postraumático.


Entre otras cosas, me cuestionaba mi ser «escritora». Leí a Alberto Chimal en su última entrada del blog (que pueden leer aquí) y movió demasiado, sacudió, tiró. No porque ésa haya sido su intención, seguro que no, sino porque alimentó a algunos de mis fantasmas. Alberto, después de que un troll de internet dejara un comentario de pésimo gusto y con todo el afán de hacer daño, hace una reflexión sobre su quehacer literario; dice, por ejemplo, que nunca escribirá LA «gran obra» (así, con mayúsculas) en el sentido de algo que cambie a la literatura para siempre; ya saben, que la crítica alabe (o no), que sea bestseller y todas esas cosas. (Yo posiblemente podría debatir eso; o sea, la «gran obra» de Alberto. Algún día saldrá mi artículo/ tesis/ coso sobre La torre y el jardín y por tanto sobre Horacio Kustos, pero eso luego se los platico).


Hace algunos años le escribí un correo bastante largo a Alberto. Recuerdo que le decía que me sentía menos porque aún no tenía obra publicada, no me invitaban a ferias, congresos y etcétera; mi escritura se quedaba en algunos pocos talleres y mi computadora, en alguna revista electrónica si acaso. Hoy no han cambiado tanto las cosas. Aún no tengo un libro publicado, aunque ya publiqué en dos antologías de poesía (cosa curiosa, siendo que yo me creía más narradora y ensayista, pero eso también luego se los cuento), dos revistas físicas –Navegantes y Letras Libres— y otro bonche de revistas electrónicas, además de este blog y mis redes sociales. Y eso sin hablar de las ponencias por todo México y otros tres países (que varias no llegaron a nada, pero ahí andan). Cuando lo pongo en perspectiva veo que sí he avanzado, mas siempre queda una fatal comparación con mis otros amix y colegas (sé lo inútil que es, pero ay...) que alimenta a mis fantasmas y detona mi Síndrome del Impostor. Alberto me recordaba justo lo inútil que es compararse con los demás; no trae nada bueno.


Ser escritora es algo bien difícil. Ser escritora disca aún más.


He estado aprendiendo a re-pensar mi oficio, mi forma de trabajar, mis temas, mi público meta. Y eso es también una gran sacudida, como pasa cada vez que nos cuestionamos alguno de nuestros sentipensares, llámenle machismo, homofobia, transfobia, racismo, adultocentrismo o el que ahorita me mueve: capacitismo.


No soy experta en la materia como para darles una explicación detallada aquí (además de que no es el objetivo), pero básicamente el capacitismo es la imposición de pensamiento por parte de la gente able-bodied o «sin discapacidad», la imposición de lo que es «normal» y no. De ahí se disparan miles de temas y es un debate inacabable. Quizá se entienda con el eufemismo de «personas con capacidades diferentes»: hay algo que se establece como norma, todo lo demás es «diferente» y se deriva a que es «malo», «enfermo», «necesario tratarlo» y muchos etcéteras. Y abarca todo: lo físico, lo intelectual, emocional, espiritual...


Cuando enuncio que soy una mujer enferma, disca y loca mucha gente se altera y trata de frenarme diciendo que yo no estoy «tan» enferma, que no tengo discapacidades reales —son por ratos nada más, dicen—, que hay gente «peor», que los médicos dicen que estoy «bien», que los estudios están «bien y normales», que lo mío no es «tan malo», no es «terminal», no es «nada», básicamente. Podríamos ponernos aquí a debatir qué tan disca tengo que ser para considerarme disca, pero tampoco es el objetivo aquí.


Entretejiendo las ideas de esta publicación, ¿quién dice qué es una escritora/ quién dice qué es ser disca? ¿El personal de salud? ¿Los críticos? ¿Otras personas discas? ¿Otras escritoras? ¿El gobierno? ¿Las redes sociales? ¿El número de seguidores? ¿Dios?


Espero se esté leyendo esto último con el (ligero) sarcasmo con el que lo escribo. El Síndrome del Impostor por ratos me hace creer que no soy «suficiente» de esto, de aquello. No soy «suficiente escritora», «suficientemente disca», «suficientemente enferma». Hay personas con discapacidad que odian a muerte el término disca; hay quienes lo aman; hay a quienes nos da cierta paz.


Volviendo a Chimal, habla de un término que me pareció de lo más interesante —y que estoy tratando ya en terapia—: «aceptación radical». En el primer borrador de este texto mi aceptación radical se iba a un radical —valga la redundancia— «no puedo»: «no puedo escribir/ hacer un posgrado/ viajar/ etcétera». Ya que lo trabajé con mi terapeuta pude darle otro enfoque, ni mejor ni peor, sólo distinto. Y aquí entra lo disca.


Por varias cosas y situaciones que no puedo revelar ese disca está moviendo todo y, como les decía, estoy re-pensando mi quehacer artístico. Me di cuenta de que todavía soy escritora (o Power Ranger o metalera o adoradora del Zacarías), sólo que hay algo diferente: ese disca. Y no porque toda mi obra hable de la enfermedad y la discapacidad, sino porque al asumirme como escritora disca veo un nuevo panorama; me quito muchas barreras al no tener que tratar de «ser normal». Es como si en el campo que recorro quitaran cercas que no podía brincar, como si el camino se despejara un tanto.


Mi amada Zaría dice algo además: esta escritura disca (o cualquier manifestación artística) no es algo menor, no es un subgénero y no es para alimentar egos en todo el sentido del porno inspiracional y el echaleganismo. Y tampoco es cierto que las escritoras enfermas, discas o locas escribamos siempre de estos temas; somos más que eso. Alberto también lo decía en su última presentación en Ciudad Juárez: "un texto es algo que hacemos, no que somos"; "una persona no es los textos que escribe, es más que eso".


En días anteriores les digo, dudaba de mi ser «escritora». Volví a leer un pedacito de la primera carta de Rainer Maria Rilke de Cartas a un joven poeta y zaz, me encontré con varias cosas: he estado mirando hacia afuera para tratar de agarrar la escritura (la poesía más concretamente), cuando debería hacerlo hacia adentro. Mi día a día, mi vida común tiene muchos temas, por lo que no es necesario buscar las grandes cosas; un poco como considerar mi cuarto como un mundo en sí mismo. Cuando en mi hora más oscura me pregunto si moriría si dejara de escribir, la respuesta es un «sí» fuerte y rotundo. No concibo mi vida sin la escritura. Como he dicho en otros momentos, los procesos de imaginación y creación nunca se han suspendido; puede que no haya pruebas ni asientos de ello, pero no importa.


Como otras veces, hice esta entrada en varios días porque el cuerpo nomás no jala. Iba chido, pero hubo crisis de dolor, terminé en el hospital y aún no salgo del todo de dicha crisis. Escribir aquí me ayuda a calmar mi mente un poco, que es medio traicionera a veces.


No sé bien qué caminos estoy siguiendo en este caminar enfermo, disca y loco, pero también sé que no hay mucho que hacer más que seguir adelante. Y no por el positivismo tóxico de «no te rindas», «eres más que esto», «no tires la toalla», sino porque el arte —y por tanto la vida misma— requiere ser como el agua: estar en constante movimiento, en constante cambio. El arte es algo vivo y merece poder moverse, liberarse, expandirse.


Así pues, estoy replanteando muchas de mis metas en función de lo que mi cuerpo puede hacer. Todavía los fantasmas de «deberías estar haciendo X» me molestan porque a fin de cuentas son metas y sueños que me puse desde muy niña, así que es difícil darles la espalda. Ya no quiero más «sí vas a poder», «es cuestión de tiempo», «vas a volver». Quiero la realización de que hay cosas que verdaderamente no puedo; esa aceptación radical para decir «NO» y no exactamente porque ya no quiera, sino que quiero ser realista y escuchar a mi cuerpo, mi mente y mi espíritu. Ya no quiero cargar con esas pesas, quiero moverme, ponerme nuevos objetivos; siempre escuchándome y sabiendo cuándo parar.


Sé que mucha gente se burlará y hasta se alegrará con esto. Sé que en muchos lados soy la comidilla. Honestamente empieza a dejar de importarme. No soy como ellos. (Y no por ponerme en un pedestal de virtud). La obra que quiero crear será en primer momento mía, sólo mía. Ya si puedo compartirla y trasciende, genial. Si no, poco a poco acepto con los brazos abiertos esa realización, esa radicalización del «no puedo». Eso no me hace menos, ni poco capaz, ni nada de eso. Ya quisiera ver que otros aguanten lo que vivo; estoy segura de que muchos se darían un tiro; y otra vez, no por ponerme en ese podio de superheroína. Es que en verdad lo que vivo es una vil mierda que le deseo sólo a unos cuantos; es una no-vida, una piedra de Sísifo, unas alas de Ícaro.


En fin, creo que ya me explayé. Como les decía, hice esta entrada en varios días, así que pueden leerse varios tonos en ella. Pero aquí le paro porque si no no la voy a terminar. Además es día complicado y el corazón se apachurra más de lo normal porque recuerdo a mi precioso. Ojalá él me pudiera seguir leyendo.


Lo de siempre, gracias por leer y todo eso.




Jos







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