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  • Foto del escritorJoselyn Silva

Pata de perro I



Hey! Contra todo pronóstico estoy viva y bien. Esta entrada es para contarles del viaje y mis aventuras (parte I). La nombro «Pata de perro» porque, uno, es común la designación para quien viaja mucho; y dos, porque así le decía mi tío abuelo a mi abue y sus hermanas cada que hacían un viaje. Podría parecer lo mismo, pero no lo es.


Cuando le dije a mi abue que me iría de viaje a Italia, de inmediato recordó que ella ya estuvo por esos lares. Me atrevo a mencionar que a sus 97 años está súper lúcida y aunque olvida varias cosas su mente y corazón aún se sincronizan en recuerdos bellos. Así pues, me enorgullezco de ser una pata de perro como ella.

 

No tengo ni idea de dónde viene la expresión; es una de las cosas que dejo pendientes de investigar.

 

Bichito bonito en el avión

Ya que crucé el charco Atlántico quise aprovechar para conocer ciudades icónicas de Italia. He de decir que es un país que siempre había querido visitar por toda la Historia que contiene. Es maravilloso tener en un mismo espacio al Coliseo, el Vaticano, las ruinas de Pompeya, las muestras del Renacimiento, el mar, y un largo etcétera. Así pues, la primera parada fue en Roma.


Ir al Vaticano era un sí o sí. No podía perderme ver La Piedad de Miguel Ángel, la columnata de Bernini, la cúpula de Miguel Ángel/Bernini/Borromini, la Capilla Sixtina...





Reservamos un tour con visita guiada. He de decir que la guía fue increíble, muy preparada y amable. Lo único malo del tour fueron los tiempos; no pude disfrutar varias cosas por lo rápido que íbamos. Eso no evitó, sin embargo, que decidiera quedarme en la Basílica de San Pedro terminando el recorrido.


Ya muchxs saben que no sigo una religión como tal; creo en cierta divinidad, pero no se limita a un nombre y figura. Siiiin embargo, escuchar misa en San Pedro era una experiencia que no me podía perder, así como entrar a la capilla del Santísimo. Los recuerdos de cuando era niña y mi abue me llevaba al templo se dispararon. Mucho de lo que hice, pensé y dije fue por ella, pero eso me lo guardo. Asimismo dediqué una oración a mi familia y amigxs, tanto cercanxs como no tanto. Ustedes saben quiénes son. O tal vez no, pero se lo imaginan. El caso es que pedí por ti y agradecí lo bueno y bonito que te ha regalado el Universo.


La Basílica de San Pedro es im-pre-sio-nan-te y no sólo por sus dimensiones. Creo que el detalle que más me sorprendió fue que no hay una sola pintura; todo está hecho de mosaicos pequeñísimos de miles de colores. Les pongo acá (bueno, cuando descargue las fotos de la cámara; denme chance) un ejemplo.


También poder ver la tumba de varios Papas fue sorprendente, desde las más fastuosas hasta las más sencillas.


Sin embargo, el momento cumbre y por el cual elegí ese tour y no otro fue ver La Piedad de Miguel Ángel. Terminando la guía pude regresar y verla con calma, pues pasamos de rápido. Y entonces sí que lloré.




Lloré porque...


  • Recordé a mi abuela cargando sendas reproducciones de la escultura para poder dárselas a algunxs de sus hijxs y trayéndolas para todos lados con tal de que no se las robaran o rompieran.

  • Recordé a mi viejita hoy día contándome a pedazos sobre sus viajes y su «¡yo ya estuve ahí!» emocionada como niña con juguete nuevo.

  • Recordé a mis viejos quienes, en un momento de vacas sanas (ni muy gordas ni muy flacas), pudieron ver lo mismo que yo. Los imaginé parados detrás del cristal blindado emocionados, extasiados, admirando cada detalle como yo lo hacía en ese momento.

  • Recordé a una persona muy querida, quien también lloró con la escultura. Y cómo no hacerlo.

Otra vez, no se trata sólo del aspecto mítico-religioso de Jesús, ya muerto, en los brazos de su Madre (por eso se denomina Piedad), sino también por el artístico e histórico. Miguel Ángel tenía veinticuatro años cuando la hizo.


¡Veinticuatro años!


 

Ok, paréntesis aquí. No se trata de compararnos con grandes genios porque las condiciones son siempre diferentes, pero siempre es impresionante ver lo que esta gente logró desde muy joven. Hace pensar en el dilema de si el talento es nato o adquirido. ¿Ustedes qué dicen? Yo honestamente no lo sé, salvo una cosa: desarrollar el talento requiere de trabajo constante para tener éxito («El éxito es el resultado de un esfuerzo sostenido», dirían mis viejos citando a uno de sus Maestros, Claudio X. González). Tal vez desarrolle más el tema. Ya veremos.

 

Saliendo de la Basílica obvio pasé por souvenirs y libros. Luego me perdí (cuándo no...) y terminé en un puesto de souvenirs atendido por Marco —de quien no tengo foto, pero no me olvido de él—. Y ahí, mea culpa... me compré un casco de gladiador, el que usa Russell Crowe en la película homónima. La verdad no me arrepiento. Ha sido de las mejores compras de mi vida; está súper bien hecho y me hizo feliz. Otro día se los presumo junto a mi colección de cascos, que lo mismo abarcan de Power Rangers como de aviadora.


Además de la charla interesantísima con Marco, hubo un detalle que me llegó al cora: en vez de Joselyn me llamó Josephine, que, como algunxs sabrán, es el nombre de una de las mujeres más importantes en mi vida: mi abuela. Así pues, hoy reafirmo que soy Jóse, nieta de Jóse. Qué bonito, la verdad.


Así pues, el Vaticano y los Museos Vaticanos fueron la primera parada. Luego morí parcialmente y al día siguiente no me pude mover, pero hey, lo bailado nadie me lo quita.


Hasta aquí esta entrada. Les dejo fotos de la visita y prontito viene la parte II. He andado como loca metiéndome a concursos y premios y retomando algunos proyectos; por eso he dejado un poco abandonado este blog, pero prometo mantenerlo a flote.







Síganse cuidando, compas. Les quiero bien, sanxs y vivxs.


Jos



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